RECUERDOS

 

En los primeros años del siglo pasado se celebraban las corridas de toros en la plaza de arriba, pero sin montar tablados ni  barreras, simplemente, con cuartones y pinos se cerraban las calles Risquillo, Pastores, Parras y el Santo, y a ésta última se le dejaba una puerta por donde entrar los cabestros y toros procedentes del encierro. El callejón de Toriles debía su nombre a que en él se construían los dos espacios donde se guardaban los dos toros que se lidiarían por la tarde. Los hombres estaban con las puertas de sus casas abiertas, hasta que se aproximaba el toro, y otros tenían la parte superior de las ventanas como lugar de quite. A los toreros se les hacían burladeros en el armazón de madera conque se cerraban las calles y otras veces se valían esquivándose con la Fuente Taza que había en medio de la plaza, que, por supuesto, era de suelo terrizo toda ella.

Años más tarde se construían barreras y tablados alrededor de la plaza, necesitándose, para ello, gran cantidad de madera, que se traía de Orcera, y no pocos metros de soga. Pero era tal el entramado de pinos, cuartones y tablas, hecho con tal ingenio y tan buenas maneras, de tan firme consistencia, que resultaba casi imposible el más ligero resquicio o movimiento. El asiento en el tablado se llevaba de casa, una cómoda silla. Y se pagaba entrada, tanto en barrera como en el tablado, lo que no impedía tener que subvencionar al adjudicatario de la plaza, que siempre se concedía al que mejor pliego de toros y toreros que anunciaba. La subvención era muy importante: de cuarenta a cincuenta mil pesetas, en un presupuesto anual de seiscientas mil. Por ello, a principio del año 1958, pensamos en la construcción de una plaza de toros, y con tal fin, una mañana de abril nos dirigimos José Aguayo, Godofredo Zamora y yo, hacia Villacarrillo, para ver la construcción de aquella plaza de toros, y asi fue como hicimos la nuestra en el tiempo record de cincuenta días, a su imagen y semejanza, sólo que un poco más pequeña. Comoquiera que el Ayuntamiento, según la legislación entonces vigente, no podía ser constructor de una obra de tal índole, pero sí comprador, ideamos la siguiente operación: a petición nuestra Demetrio Risoto, muy amablemente, no tuvo inconveniente en figurar como constructor, y para ello la Caja de Ahorros de Ronda, le hizo un préstamo agrícola, al 3 % de interés anual, por la cantidad de cuatrocientas mil pesetas, que el Ayuntamiento se encargó de cancelar más tarde, como compra de la plaza.

Los encierros eran muy atractivos, porque eran muchos los jóvenes que corrían delante de los toros y cabestros. Yo recuerdo, no tendría más de siete u ocho años, ver a mi primo Temistocles, a muy poca distancia de ellos, que aunque un poco metido en carnes, estaba muy ágil. Se traían dos toros todas las mañanas, desde la Loma del Pino, del Vadillo o dehesas colindantes, acompañados de cuatro o cinco cabestros, por el camino del Cementerio arriba, el Matadero, hasta la plazoleta María Jesús, o de Domingo Álvarez, como creo que se llama ahora, y allí se arrancaba la carrera, calle del Santo abajo, hasta la plaza. La venida del encierro era seguida por mucha gente desde lo alto del cerro de la Atalaya, y desde allí partían las noticias: ya han arrancado del Vadillo, o han llegado al arroyo de Las Navas, o pasan por el pilar del cementerio, noticias que, en la mayoría de las veces, llegaban a la plaza totalmente desfiguradas. cuando se decía que estaban en el matadero, la gente comenzaba a moverse, a ir tomando posiciones en la plaza, en balcones o ventanas.            

Había la costumbre de traer los cabestros a la plaza, desde la Loma del Pino o el Vadillo, durante los tres o cuatro días anteriores a la corrida, por el mismo camino que había de hacer el encierro, y algunos de nosotros hacíamos, con los vaqueros, el camino de recogida de los cabestros. En una ocasión, ya de regreso,  subíamos por la Cuesta del Pilar, en una mañana de mucho calor, cuando llegamos a casa de Mariquita la Tuerta, le pedimos agua y nos empinamos el botijo, echando un buen trago. El resultado fue un calenturón a la caída de la tarde y unas fiestas aguadas para mis padres, ya que la pulmonía no se curó hasta pasados unos días, con el único tratamiento que por entonces existía: inyecciones del calcio Sandoz que decían reforzaban el organismo y baños de agua fría.

Se dieron muchas y muy buenas corridas con toreros españoles y mejicanos. Entre los primeros fue una pareja muy conocida por todos, los granadinos Perete y Atarfeño. Perte fue muy amigo de Juan José Maza, y tanto él como Atarfeño dieron muy buenas tardes de toros, con su valentía y rivalidad. También torearon varias tardes Manolo Navarro, José Luis Álvarez Pelayo, Venturita y los mejicanos El soldado, Julio Mendoza entre otros. En fin, toreros de reconocida fama. El último año que se celebraron corridas en la plaza de arriba fue en el 1935, y a partir de entonces, hasta el año 1958, que se inauguró la actual plaza, las corridas se celebraban en plaza de madera siempre, en el ensanche de la Avenida. En los años 1932, 33 y 34 no se celebraron corridas de toros, y en el año 1936 las corridas tuvieron lugar en la plaza de abajo.

                                              Tomás Sanz Eisman

                    (Revista-programa de las fiestas de San Juan, año 2003)

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